Mis padres siempre han hecho deporte.
Hasta que la rodilla se lo permitió, mi madre, que cuenta hoy con 54 años, siempre disfrutó de un buen rato en la cancha que tenía en su casa acompañando a su hijo mayor, el que escribe. Exhibía orgullosa las fotos y crónicas del paleozoico baloncestístico en el que jugaban, y contaba las clásicas "batallas" en las que siempre salían vencedoras. Eso sí, y puedo dar fe de ello, mi madre fue Campeona de España universitaria en el año 1979, y mejor deportista universitaria de la ciudad ese mismo año. Ya podría decir yo lo mismo.
La relación deportiva con mi padre es diferente. Subcampeón de España universitario en 1975, perdieron la final contra la San Pablo CEU de Madrid en la que jugaba, entre otros, un tal Juan Antonio Corbalán. Mi padre siempre cuenta que la paliza que les dieron fue soberana, y que lo único que recuerda de aquel partido es que cuando él saltaba a por un rebote de ataque y quería caer, Corbalán ya estaba en la canasta contraria.
Además, mi padre fue Director de Deportes de la Universidad de Salamanca durante 5 años, en los años de esplendor económico de la Institución, con el fútbol sala en División de Honor (luego Sol Fuerza) o el baloncesto femenino en Primera (posteriormente Halcón Viajes y Perfumerías Avenida). Eso quizá le dio un poso de conocimiento deportivo que no tienen otros, por ejemplo, mi madre.
Yo empecé a jugar al baloncesto con 11 años, en el pueblo donde vivía, un pequeño pueblo-dormitorio llamado...Santa Marta de Tormes. Con 13 años, se formó el C.B. Tormes, en donde pasé toda mi etapa de jugador y gran parte de de mis andanzas como entrenador. Pero esa es otra historia.
Mis padres iban a verme regularmente a los partidos que jugábamos en casa. Veían el partido sentados, separados de los otros padres, callados. Rara vez intercambiaban alguna opinión sobre el encuentro entre ellos. Cuando el partido terminaba, me recogían y nos íbamos a casa. Alomejor había uno o dos comentarios del partido que habíamos jugado, pero casi nunca hablaban de mi partido particular, cosa que me extrañaba profundamente. Yo no era lo que podemos llamar un excelente jugador, pero hacia tres o cuatro cosas decentemente. Ni una palabra de ellas.
Fuera de casa, sin embargo, no iban nunca. Ni siquiera si el desplazamiento era corto. Los demás padres habían hecho un gran grupo de amigos; salían detrás del autobús, paraban a comer todos juntos, iban al partido y animaban todo lo que podían y más. Lógicamente, yo me sentía un poco decepcionado con la actitud que tomaban mis padres respecto a este tema.
En el tema entrenadores, eran tajantes. El entrenador es el que manda, te guste o no. Y a mi hubo años que no me gustó. Una de las veces que mi entrenador me echó de un entrenamiento, llegué a casa convencido de que mi padre me apoyaría, ya que el entrenador no era de su agrado. Su respuesta fue clara: "Algo habrás hecho. Mañana pide disculpas". No hubo tiempo de explicarle qué había pasado, él sabía que la culpa era mía.
Hasta que un día lo entendí. Los demás padres no tenían ni puñetera idea de baloncesto, me atrevería a decir que ni de deporte. Animaban sí, pero también gritaban, insultaban a los árbitros o se amenazaban con los padres del equipo contrario. Algunos incluso corregían desde la grada las actuaciones de su hijo, sin que el entrenador que estuviera en ese momento pudiera hacer gran cosa. Era una auténtica vergüenza, para qué nos vamos a engañar.
Actualmente, sigo viendo las mismas actitudes que hace 10 años, pero con la perspectiva que me da el ser entrenador y saber, al menos un poco, de nuestro deporte. Padres que intentar dirigir a sus hijos en patios de colegios. Niños que van al lugar donde se encuentran sus padres en un tiempo muerto, en vez de ir a donde se encuentra su entrenador, al que le puede su inexperiencia. Menosprecios a árbitros y rivales. Jugadores que siguen mirando a sus padres después de cada acción para encontrar una mirada de aprobación. Jugadores frustrados, padres frustrados.
Después de muchos años, llegué a una conclusión clara. Salvando excepciones, los padres no tienen ni repajolera idea de baloncesto. Las excepciones son aquellos padres que jamás se entrometerán, porque saben de lo que hablan.
Yo, por mi parte, me quedo con muchos recuerdos de mi deporte. Quizá el mejor de todos sea poder hacer unos tiros, una tarde cualquiera de un día cualquiera, con mi padre o mi madre. Las personas que me hicieron disfrutar en una pista de baloncesto, y que siempre, siempre estuvieron detrás con palabras de aliento, metiera o fallara los tiros.
Y os aseguro que fallé muchos más de los que metí.
Hasta que la rodilla se lo permitió, mi madre, que cuenta hoy con 54 años, siempre disfrutó de un buen rato en la cancha que tenía en su casa acompañando a su hijo mayor, el que escribe. Exhibía orgullosa las fotos y crónicas del paleozoico baloncestístico en el que jugaban, y contaba las clásicas "batallas" en las que siempre salían vencedoras. Eso sí, y puedo dar fe de ello, mi madre fue Campeona de España universitaria en el año 1979, y mejor deportista universitaria de la ciudad ese mismo año. Ya podría decir yo lo mismo.
La relación deportiva con mi padre es diferente. Subcampeón de España universitario en 1975, perdieron la final contra la San Pablo CEU de Madrid en la que jugaba, entre otros, un tal Juan Antonio Corbalán. Mi padre siempre cuenta que la paliza que les dieron fue soberana, y que lo único que recuerda de aquel partido es que cuando él saltaba a por un rebote de ataque y quería caer, Corbalán ya estaba en la canasta contraria.
Además, mi padre fue Director de Deportes de la Universidad de Salamanca durante 5 años, en los años de esplendor económico de la Institución, con el fútbol sala en División de Honor (luego Sol Fuerza) o el baloncesto femenino en Primera (posteriormente Halcón Viajes y Perfumerías Avenida). Eso quizá le dio un poso de conocimiento deportivo que no tienen otros, por ejemplo, mi madre.
Yo empecé a jugar al baloncesto con 11 años, en el pueblo donde vivía, un pequeño pueblo-dormitorio llamado...Santa Marta de Tormes. Con 13 años, se formó el C.B. Tormes, en donde pasé toda mi etapa de jugador y gran parte de de mis andanzas como entrenador. Pero esa es otra historia.
Mis padres iban a verme regularmente a los partidos que jugábamos en casa. Veían el partido sentados, separados de los otros padres, callados. Rara vez intercambiaban alguna opinión sobre el encuentro entre ellos. Cuando el partido terminaba, me recogían y nos íbamos a casa. Alomejor había uno o dos comentarios del partido que habíamos jugado, pero casi nunca hablaban de mi partido particular, cosa que me extrañaba profundamente. Yo no era lo que podemos llamar un excelente jugador, pero hacia tres o cuatro cosas decentemente. Ni una palabra de ellas.
Fuera de casa, sin embargo, no iban nunca. Ni siquiera si el desplazamiento era corto. Los demás padres habían hecho un gran grupo de amigos; salían detrás del autobús, paraban a comer todos juntos, iban al partido y animaban todo lo que podían y más. Lógicamente, yo me sentía un poco decepcionado con la actitud que tomaban mis padres respecto a este tema.
En el tema entrenadores, eran tajantes. El entrenador es el que manda, te guste o no. Y a mi hubo años que no me gustó. Una de las veces que mi entrenador me echó de un entrenamiento, llegué a casa convencido de que mi padre me apoyaría, ya que el entrenador no era de su agrado. Su respuesta fue clara: "Algo habrás hecho. Mañana pide disculpas". No hubo tiempo de explicarle qué había pasado, él sabía que la culpa era mía.
Hasta que un día lo entendí. Los demás padres no tenían ni puñetera idea de baloncesto, me atrevería a decir que ni de deporte. Animaban sí, pero también gritaban, insultaban a los árbitros o se amenazaban con los padres del equipo contrario. Algunos incluso corregían desde la grada las actuaciones de su hijo, sin que el entrenador que estuviera en ese momento pudiera hacer gran cosa. Era una auténtica vergüenza, para qué nos vamos a engañar.
Actualmente, sigo viendo las mismas actitudes que hace 10 años, pero con la perspectiva que me da el ser entrenador y saber, al menos un poco, de nuestro deporte. Padres que intentar dirigir a sus hijos en patios de colegios. Niños que van al lugar donde se encuentran sus padres en un tiempo muerto, en vez de ir a donde se encuentra su entrenador, al que le puede su inexperiencia. Menosprecios a árbitros y rivales. Jugadores que siguen mirando a sus padres después de cada acción para encontrar una mirada de aprobación. Jugadores frustrados, padres frustrados.
Después de muchos años, llegué a una conclusión clara. Salvando excepciones, los padres no tienen ni repajolera idea de baloncesto. Las excepciones son aquellos padres que jamás se entrometerán, porque saben de lo que hablan.
Yo, por mi parte, me quedo con muchos recuerdos de mi deporte. Quizá el mejor de todos sea poder hacer unos tiros, una tarde cualquiera de un día cualquiera, con mi padre o mi madre. Las personas que me hicieron disfrutar en una pista de baloncesto, y que siempre, siempre estuvieron detrás con palabras de aliento, metiera o fallara los tiros.
Y os aseguro que fallé muchos más de los que metí.
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