miércoles, 25 de mayo de 2011

Érase una vez...


Érase una vez tres amigos. En realidad érase una vez más de tres, pero en este caso lo acotamos un poco. Pongámos nombre a los protagonistas de nuestra historia.

El primero de ellos se va a llamar, para que nos entendamos, Dennis Rodman. Un tipo curioso que no mide más de 1.80 m, pero que toda su jodida vida (exceptuando algún iluminado que lo ponía en otro sitio) ha jugado de "5", de "Center", como dicen ahora los entendidos de esto. Un sujeto que, hiciera frío o calor, jugara el individuo más preparado o el inepto más ingenuo, siempre, y digo siempre, acababa con dobles dígitos en puntos y rebotes. Un tipo que tuvo que aguantar que algún entrenador dijera de él que "sólo cogía los rebotes que iban por el suelo". Un personaje, al fín y al cabo, que si hubiera medido 20 centímetros más y sus rodillas hubieran aguantado, habría acabado jugando en el Barcelona. Alguien que, si no me hubiera duchado con él unas 200 veces, juraría que tiene, y que me perdonen la soez expresión, los huevos más cuadrados que el ring de Rocky Balboa.

El segundo protagonista de nuestra historia se llama Greg Ostertag. Un tipo peculiar, currante, sacrificado, con algo menos de talento que Rodman para el baloncesto pero infinitamente trabajador. Repartidor de estopa a domicilio, su labor en la sombra siempre ha sido premiada por todos los entrenadores que ha tenido. De carácter siempre afable, su mandíbula se inclina hacia abajo, al igual que su ojo izquierdo, cada vez que el alcohol sobrepasa ciertos límites en su organismo. Un individuo, al fín y al cabo, que todos el mundo querría tener como compañero de equipo y amigo.

El tercer protagonista de este cuento se llama Julian Ross. Efectivamente, se llama igual que aquel personaje de "Oliver y Benji" que padece un problema de corazón y sólo puede jugar la mitad de los partidos. Un individuo curioso, amante de la buena vida, de la ginebra, de las mujeres y, al igual que los otros dos, del baloncesto. Algo bocazas, o le odias o le amas, no tiene término medio. Indiferente no deja a nadie, de eso estamos de acuerdo. Un auténtico personaje, vamos.

Estos tres muchachos, Dennis, Greg y Julian, eran compañeros de equipo hace unos años. Vivían en la misma ciudad y junto a otros camaradas formaron el equipo de baloncesto que mejor juego practicaba de todo su barrio. Ganaron unos cuantos partidos y mantuvieron en alza la noche salmantina durante un cierto tiempo. Sin embargo, la vida les reservó caminos diferentes, y cuando terminaron su etapa de instituto cada uno se fue a estudiar una carrera diferente. No por ello, claro está, dejaron de ser buenos amigos, y cada vez que se juntaban los dueños de los bares daban gracias a Dios por haberlo permitido.

Resultó que, hace unos días, Julian recibió una llamada de Dennis. Jugaban en el mismo sitio y a la misma hora, y como Greg jugaba también cerca de allí, Rodman le ofreció a Julian juntarse los tres, por los viejos tiempos. Por supuesto, el vividor de Julian no se lo pensó ni un momento, y el borracho de Ostertag tampoco dudó.

Y allí estaban. 6 años, tres carreras, 3 o 4 novias y un sinfín de copas después, los tres amigos que un día, con 12 o 13 años, se juntaron en una cancha de baloncesto para tirar unos rifles. Debe ser verdad eso que dijo Emily Dickinson: "Después de todos nuestros avatares, nuestro único patrimonio son nuestros amigos".

Brindo por ustedes, señores. Por la penúltima. Amén.

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