Suena en mi querido Spotify Lenny Kravitz y su "Can't get you off of my mind" y me doy cuenta de que llevo una barbaridad sin actualizar mi modesta bitácora. Es curioso, porque si fuera por el tiempo que paso "atrapado en la red", como dirían los Tam Tam Go, debería escribir aquí a diario. Pero no. Y eso es básicamente porque tengo una cosa mejor que hacer que revitalizar mi blog. Y he dicho "UNA" cosa, no hablo de formas impersonales. Pero esa es otra historia.
Hoy estoy aquí para recordar una escena que me ha sobrecogido profundamente. Estoy hablando, por supuesto, de Baloncesto. Pero no de un Baloncesto cualquiera. Estoy hablando del Baloncesto que yo quiero. Por ello, vamos a titular este post "El baloncesto que amo". Permítanme la licencia:
El 3 de Diciembre de 1989, Fernando Martín, el primer español que jugó en la mejor liga del mundo, la NBA, encontró la muerte en un accidente automovilístico.
El baloncesto que amo es el de aquel partido contra el PAOK de Salónica, dos días después del fallecimiento de Fernando. Al descanso, el Real Madrid perdía por 20 puntos. Tras él, en 6 minutos se produjo la remontada al grito de "Fernando está aquí". Un tipo como George Karl, curtido en mil y una batallas, no ha visto nada igual en su vida.
El baloncesto que amo es el de Audie Norris, aquel maravilloso pívot del gran Barcelona de los 80, llorando desconsolado en el funeral de Martín. Se iba su "álter ego", su talón de Aquiles, el único jugador capaz de parar aquella clase americana venida desde la fría Portland. Y lloraba, cómo lloraba Audie.
El 7 de Junio de 1993, los telediarios de medio mundo anunciaban el fallecimiento en accidente de tráfico de Drazen Petrovic, "el Genio de Sibenik", probablemente el mejor jugador Europeo de todos los tiempos.
El baloncesto que amo es aquel del deslengüado Petrovic contra el que el todopoderoso Real Madrid poco podía hacer. Aquel que hizo de la finta de tiro un maldito arte, descansa ya en el Olimpo. 63 puntos contra el Esnaidero de Caserta en la final de la Recopa de Europa de 1988. Casi tira el partido él sólo. A quién coño le importa eso. Genio Drazen.
Probablemente, querido lector, ame el baloncesto más duro. Aquel que se lleva por delante vidas de genios, lágrimas de personas imperturbables, sonrisas de multitud de aficionados. Aquel que enarbola las banderas más trágicas, aquel del que solamente nos acordamos cuando llega su efeméride.
Sin embargo, creo que me estoy equivocando en el fondo, y usted también. Yo no amo el baloncesto trágico. Yo amo el baloncesto romántico. Aquel capaz de desatar pasiones hasta en el más antisentimental. Ese que nutre de idolatría a ciertos personajes que, probablemente, no se la merezcan más que otros. Para mí, parafraseando a Nietzsche, el baloncesto ha muerto. Sigue existiendo algo parecido, pero el baloncesto que yo amo, el que yo amaba, ha dejado de existir. Hablo de Magic y Larry, y sus duelos al sol de los años 80. Hablo de "Su Majestad, del maravilloso tiro en suspensión de Epi, de la mano izquierda de Nacho Solozábal o de la frente despejada de Juan Antonio Corbalán. Hablo de Andrés Montes y Ramón Trecet. Hablo, al fin y al cabo, de Fernando Martín y Drazen Petrovic.
Alguno pensará que no es la época que me ha tocado vivir. Efectivamente, yo conozco la era post- Jordan, yo soy de LeBron, de Kobe, de Wade, de los Gasol, Rudy y Navarro. Todos muy buenos, buenísimos diría yo. Sólo les falta una cosa; corazón.
Al baloncesto le falta corazón. Kilómetros y kilómetros de corazón. Ese es el baloncesto que yo amo.
Un saludo a todos.
Hoy estoy aquí para recordar una escena que me ha sobrecogido profundamente. Estoy hablando, por supuesto, de Baloncesto. Pero no de un Baloncesto cualquiera. Estoy hablando del Baloncesto que yo quiero. Por ello, vamos a titular este post "El baloncesto que amo". Permítanme la licencia:
El 3 de Diciembre de 1989, Fernando Martín, el primer español que jugó en la mejor liga del mundo, la NBA, encontró la muerte en un accidente automovilístico.
El baloncesto que amo es el de aquel partido contra el PAOK de Salónica, dos días después del fallecimiento de Fernando. Al descanso, el Real Madrid perdía por 20 puntos. Tras él, en 6 minutos se produjo la remontada al grito de "Fernando está aquí". Un tipo como George Karl, curtido en mil y una batallas, no ha visto nada igual en su vida.
El baloncesto que amo es el de Audie Norris, aquel maravilloso pívot del gran Barcelona de los 80, llorando desconsolado en el funeral de Martín. Se iba su "álter ego", su talón de Aquiles, el único jugador capaz de parar aquella clase americana venida desde la fría Portland. Y lloraba, cómo lloraba Audie.
El 7 de Junio de 1993, los telediarios de medio mundo anunciaban el fallecimiento en accidente de tráfico de Drazen Petrovic, "el Genio de Sibenik", probablemente el mejor jugador Europeo de todos los tiempos.
El baloncesto que amo es aquel del deslengüado Petrovic contra el que el todopoderoso Real Madrid poco podía hacer. Aquel que hizo de la finta de tiro un maldito arte, descansa ya en el Olimpo. 63 puntos contra el Esnaidero de Caserta en la final de la Recopa de Europa de 1988. Casi tira el partido él sólo. A quién coño le importa eso. Genio Drazen.
Probablemente, querido lector, ame el baloncesto más duro. Aquel que se lleva por delante vidas de genios, lágrimas de personas imperturbables, sonrisas de multitud de aficionados. Aquel que enarbola las banderas más trágicas, aquel del que solamente nos acordamos cuando llega su efeméride.
Sin embargo, creo que me estoy equivocando en el fondo, y usted también. Yo no amo el baloncesto trágico. Yo amo el baloncesto romántico. Aquel capaz de desatar pasiones hasta en el más antisentimental. Ese que nutre de idolatría a ciertos personajes que, probablemente, no se la merezcan más que otros. Para mí, parafraseando a Nietzsche, el baloncesto ha muerto. Sigue existiendo algo parecido, pero el baloncesto que yo amo, el que yo amaba, ha dejado de existir. Hablo de Magic y Larry, y sus duelos al sol de los años 80. Hablo de "Su Majestad, del maravilloso tiro en suspensión de Epi, de la mano izquierda de Nacho Solozábal o de la frente despejada de Juan Antonio Corbalán. Hablo de Andrés Montes y Ramón Trecet. Hablo, al fin y al cabo, de Fernando Martín y Drazen Petrovic.
Alguno pensará que no es la época que me ha tocado vivir. Efectivamente, yo conozco la era post- Jordan, yo soy de LeBron, de Kobe, de Wade, de los Gasol, Rudy y Navarro. Todos muy buenos, buenísimos diría yo. Sólo les falta una cosa; corazón.
Al baloncesto le falta corazón. Kilómetros y kilómetros de corazón. Ese es el baloncesto que yo amo.
Un saludo a todos.
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