
Cabaret de la Parda Flores, Buenos Aires, Argentina. Año 1920, 26 de Septiembre. Eduardo Arolas llega vestido impecablemente de blanco. Le acompaña un joven, más o menos desaliñado, alto, guapo, con unas tupidas patillas negras y un aro en la oreja izquierda. Un aro de oro, pensé. El "partenaire" se cala su gorra, que parece de la Marina Inglesa, aunque desde mi posición y mis dos botellas de vino bebidas me es imposible distiguir bien. Arolas, "El Tigre del Bandoneón", cruza el vasto salón camino de bastidores, donde comenzará su ritual. El otro hombre, por el contrario, busca acomodo entre el público. Al no ver ninguna mesa libre, observo como se acerca pausadamente. Entonces le reconozco. Ese hombre es para mí un héroe, pero el, lógicamente no lo sabe.
- Buenas noches caballero. ¿Le importa que me siente?. No hay ni una sola mesa libre- comenta educadamente.
- Por supuesto... tome asiento, por favor- le respondo dubitativo.
- Es usted muy amable. Mi nombre es Corto Maltés, encantado de conocerle.
- Igualmente, señor Maltés. Mi nombre es... John Mitchell.
Si alguna vez entrais como empleados en "La Empresa", sabed que la primera norma que os imponen es que nunca debeis dar datos reales sobre vuestra identidad. Por supuesto que yo no me llamaba John Mitchell, y mentir a Corto Maltés me dolió más en aquel momento que no decirle la verdad a mi propia madre.
Escuchamos al gran Eduardo Arolas cantar sus preciosos tangos, bebimos vino hasta hartarnos, hablamos del mundo que nos rodeaba. Era un lujo hablar con él, más de lo que me había imaginado. Tenía tantas preguntas que hacerle, pero ¡no podía!. Me hubiera gustado preguntarte por Rasputín, por "El Monje", por BocaDorada, por Shangai Lil, por Venexiana Stevenson, por La "Sura del Maltés" que se inventó para consolar a "El Oxford". Por Cush, también, está claro. Y por Pandora. Qué ganas tenía de preguntarle por Pandora.
Eduardo se une a la animada tertulia. La dueña del local, por tener al gran Arolas en la mesa, es capaz de invitarnos a pasar una noche con su hija. Corto cuenta y no para anécdotas de su vida. Está borracho, pero el brillo en sus ojos no es culpa del alcohol. Es fruto de la nostalgia.
Nos despedimos ya de día. Yo, para que negarlo, seguía borracho. Sin embargo, el que peor estaba era Arolas, que vomitaba detrás de unos contenedores de basura. Con la certeza que me daba el venir de donde venía, sabía que el alcohol le iba a pasar factura.
- Oye, John, ¿puedo hacerte una pregunta?- inquirió Corto.
- Por supuesto, amigo-
- ¿ Qué es exactamente lo que has venido a hacer aquí, a Buenos Aires?
Sinceramente, no sabía que responderle. Había venido de incógnito a visitar a Eduardo Arolas. En la oficina me hubieran matado al enterarse. Sin embargo, sabía que responderle. O, por lo menos, sabía cómo.
- ¿Por qué dejaste escapar a Pandora, Corto Maltés?
....
3 semanas después, eschuchando a Rainbow en internet, me juré a mi mismo no volver a retroceder nunca más. Llamé a mi jefe, le presenté mi dimisión y me puse a leer, y no se cuántas veces lo había hecho ya, " La Balada del mar salado", un cómic de Hugo Pratt protagonizado por un tal Corto Maltés, marino.
- Buenas noches caballero. ¿Le importa que me siente?. No hay ni una sola mesa libre- comenta educadamente.
- Por supuesto... tome asiento, por favor- le respondo dubitativo.
- Es usted muy amable. Mi nombre es Corto Maltés, encantado de conocerle.
- Igualmente, señor Maltés. Mi nombre es... John Mitchell.
Si alguna vez entrais como empleados en "La Empresa", sabed que la primera norma que os imponen es que nunca debeis dar datos reales sobre vuestra identidad. Por supuesto que yo no me llamaba John Mitchell, y mentir a Corto Maltés me dolió más en aquel momento que no decirle la verdad a mi propia madre.
Escuchamos al gran Eduardo Arolas cantar sus preciosos tangos, bebimos vino hasta hartarnos, hablamos del mundo que nos rodeaba. Era un lujo hablar con él, más de lo que me había imaginado. Tenía tantas preguntas que hacerle, pero ¡no podía!. Me hubiera gustado preguntarte por Rasputín, por "El Monje", por BocaDorada, por Shangai Lil, por Venexiana Stevenson, por La "Sura del Maltés" que se inventó para consolar a "El Oxford". Por Cush, también, está claro. Y por Pandora. Qué ganas tenía de preguntarle por Pandora.
Eduardo se une a la animada tertulia. La dueña del local, por tener al gran Arolas en la mesa, es capaz de invitarnos a pasar una noche con su hija. Corto cuenta y no para anécdotas de su vida. Está borracho, pero el brillo en sus ojos no es culpa del alcohol. Es fruto de la nostalgia.
Nos despedimos ya de día. Yo, para que negarlo, seguía borracho. Sin embargo, el que peor estaba era Arolas, que vomitaba detrás de unos contenedores de basura. Con la certeza que me daba el venir de donde venía, sabía que el alcohol le iba a pasar factura.
- Oye, John, ¿puedo hacerte una pregunta?- inquirió Corto.
- Por supuesto, amigo-
- ¿ Qué es exactamente lo que has venido a hacer aquí, a Buenos Aires?
Sinceramente, no sabía que responderle. Había venido de incógnito a visitar a Eduardo Arolas. En la oficina me hubieran matado al enterarse. Sin embargo, sabía que responderle. O, por lo menos, sabía cómo.
- ¿Por qué dejaste escapar a Pandora, Corto Maltés?
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3 semanas después, eschuchando a Rainbow en internet, me juré a mi mismo no volver a retroceder nunca más. Llamé a mi jefe, le presenté mi dimisión y me puse a leer, y no se cuántas veces lo había hecho ya, " La Balada del mar salado", un cómic de Hugo Pratt protagonizado por un tal Corto Maltés, marino.
1 comentario:
Excelente relato de una noche de borracheras con el heroe de muchos.
Corto dejó a Pandora por lo que todos sabemos: Miedo, miedo encontrar la horma de su zapato.
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